Bali con mochila: 3 semanas casi desconectada
Salí con una mochila de 46 litros, unas zapatillas que daban las últimas y una regla que anuncié a todo el mundo: tres semanas en Bali, casi desconectada. No una detox digital con certificado al final, solo una promesa que me hice: el teléfono se queda en la mochila, y los datos solo salen para los momentos que de verdad lo merecen.
Spoiler: ese «casi» trabajó muchísimo.
Aterrizar en el caos
Denpasar, 13 h. La humedad te cae encima como una toalla caliente, y el ballet de scooters delante del aeropuerto parece seguir unas reglas que nadie escribió jamás. Primera excepción a mi regla, a los cuatro minutos: pedir un viaje a Canggu desde la app, porque la negociación del taxi en la sala de llegadas era un nivel por encima de mis fuerzas. Treinta segundos de datos, un precio fijo, cero estrés.
En Canggu enseguida encontré el ritmo. Surf al amanecer, o más bien caerme de la tabla al amanecer. Nasi goreng en el warung de la esquina, donde el dueño me preparaba «lo de siempre» ya al tercer día. El teléfono dormía en la caja fuerte de la guesthouse. Y era delicioso.
«Desconectarse no es un ajuste del teléfono. Es una decisión que vuelves a tomar cada mañana.»
Ubud, y la regla pasa su examen
Segunda semana, subí a Ubud. Arrozales apilados como escaleras verdes, incienso que escapa de cada puerta, monos con un respeto muy limitado por la propiedad privada. Caminé por la cresta de Campuhan al amanecer sin sacar ni una sola foto. Hay cosas que te guardas para ti.
Y luego llegó el día en que la regla se ganó su «casi». Había alquilado un scooter para llegar a una cascada pasado Sidemen, por una de esas carreteritas donde el asfalto acaba rindiéndose. El scooter tosió, se caló y entregó el alma: ni un warung a la vista, ni wifi en diez kilómetros, y el sol que empezaba a deslizarse detrás del volcán. Una rayita de 4G. Esa rayita bastó: un mensaje de WhatsApp al alquilador con mi ubicación, una respuesta en dos minutos —«no te muevas, ya va mi primo»— y cuarenta minutos después, el primo aparecía, todo sonrisas, con un scooter de repuesto.
Mientras esperaba, me senté en un murete a ver cómo los arrozales se volvían dorados. ¿Sinceramente? La avería más bonita de mi vida.
Las islas, en una bolsa estanca
Última semana: barco a Nusa Penida. El tipo de acantilados que te hacen sentir muy pequeña y muy afortunada. Nadé por encima de una manta raya a la que mi existencia le daba perfectamente igual. El teléfono pasó esos días en una bolsa estanca, salvo la mañana en que hubo que comprobar que la travesía seguía en pie, porque el oleaje tenía otros planes. Otra vez: dos minutos de datos, una decisión tomada, de vuelta al agua.
📶 El consejo de Camille
Instala tu eSIM antes del vuelo y olvídate por completo de los mostradores de SIM del aeropuerto. Luego, vuelve aburrido tu teléfono: copia de seguridad de fotos solo con wifi, actualizaciones solo con wifi, notificaciones apagadas. Tu plan dura tres semanas en vez de una. Comprueba que tu móvil es compatible con eSIM aquí y encuentra tu plan de Indonesia en la página de destinos.
Lo que me traje a casa
Tres semanas, una mochila, quizás dos horas de datos en total. Bali no necesitaba que yo estuviera en línea: Bali necesitaba que yo estuviera presente. Pero cada vez que los datos contaron, contaron de verdad: un viaje en el aeropuerto, un scooter averiado al anochecer, un barco que estuvo a punto de no salir. Desconectada por elección, conectada cuando importa. Ahí está todo el truco.
— Camille, con arena todavía en la mochila.